Por Juan Carlos Liendo.

Atormentada por el horror de diversas adicciones inducidas por los jerarcas de Metro Goldwyn Mayer cuando a los 13 años fue contratada como actriz; en los meses finales de su vida, ya al borde de la bancarrota, Judy Garland se enfrenta a la más larga temporada de conciertos de su carrera: Londres, donde era mucho más admirada que en Norteamérica se convierte en su tierra prometida y, aunque con su carrera en declive, acepta la oferta de mantener el espectáculo de un famoso teatro de variedades por tiempo indefinido.

A punto de salir a escena para la noche de estreno, su productora la descubre arrinconada en el cuarto de baño, sin apenas preparación alguna y bajo el efecto de una buena combinación de sicotrópicos y alcohol. Dispuesta a no dejarse arrebatar un show por el que ha puesto mucho empeño, la joven productora recluta a una de sus compañeras y entre ambas, logran poner de pie a la estrella, vestirla y maquillarla para salir a escena.

La Garland no ha ensayado, y no está en condiciones de pararse frente a un público; es obvio; pero, la encargada no repara en las múltiples advertencias de su ayudante pues, se niega a cancelar un show cuyas entradas se han agotado con semanas de antelación. La asistente insiste de manera casi fastidiosa en la imposibilidad de realizar la gala hasta que se enfrenta a la férrea determinación de quien está al mando:
– En cuanto se dé cuenta de que hay una audiencia esperando para aplaudirla, hará una bella función–
Es exactamente lo que ocurre; sobrepuesta a toda catástrofe personal, se gana una ovación, como acostumbra, y una noche más hace un guiño a lo que se conoce como “la magia del escenario” que años después es contada, como visión probablemente muy romántica de tiempos que no volverán, protagonizados por las grandes divas de una industria que ahora, por suerte, fabrica actrices de carne y hueso.

La escena, tomada del estupendo film Judy, protagonizado por Renee Zelwegger, que narra los últimos meses de vida de la que está considerada una de las diez mejores actrices de todos los tiempos, parece indispensable recuerdo en estos días inciertos.
Como alguna vez escribió Quino en boca de Manolito, es que “de marzo hasta acá, no entendemos nada”

En los primeros días de marzo, hablaba con un amigo actor que se encontraba en los días finales de preparación para un viaje de estudios a cierta academia europea de actuación. El actor me preguntó mi opinión sobre la novedad de una pandemia, entonces declarada sin mucha vehemencia por la OMS. Mientras tomábamos un trago, solté a bocajarro con esa especie de autoridad infundada que a veces asumo

– No te preocupes, por causa de un virus no van a cerrar el planeta, habrá que tomar precauciones, pero no me imagino al planeta detenido por eso … –
Mi amigo actor salió a su viaje y el camino a Europa se truncó en México. Desde entonces, el plan de graduarse en técnicas de actuación en una prestigiosa academia europea está varado en la casa que su primo alquila en Puerto Vallarta y la subsistencia diaria bien poco tiene que ver con su brillante talento escénico. No es el único.

Tal vez ese comentario me perseguirá toda mi vida como a otras personas persiguen sus metidas de pata. Menos de una semana después de haberlo dicho, el planeta estaba, de hecho, detenido por causa de un virus.

Han transcurrido, a la fecha en que escribo estas cuartillas, casi 7 meses desde entonces. Ya no nos queda alguna duda acerca del cambio profundo que ha experimentado el mundo, ni mucho menos acerca de las profundas transformaciones que sectores importantes de nuestra cotidianidad han debido implementar para seguir adelante. Nada exacerba de igual modo la creatividad humana como el instinto básico de sobrevivencia.

Quizás lo sepamos bien quienes hemos escogido el arte como vía de realización personal y profesional. Pocos colectivos han enfrentado igual número de crisis, quiebres, bajones y enormidades y pocos han tenido la misma capacidad de resurgir. Mutación es la palabra. Mutantes lo que somos.

Mutantes de una realidad que tocó experimentar sin que hasta ahora deje a alguien indiferente. ¿Es teatro esto que estamos haciendo en tiempos de pandemia? Hay intentos de empezar a conseguir tímidas respuestas y, para algunos, la primera es no. Yo confieso que, a priori, me anoto en ese grupo.

No obstante una reflexión me viene martillando la mente hace rato. Navegar en la WEB lo expone a uno a múltiples formas de mentira. En la WEB no hay presencias absolutas, nada es completamente verdad y todo está permitido. Siempre se tiene la sensación de estar dentro de un “enorme misterio” que algunos, los más desprevenidos, dan por cierto sin buscarle mayor explicación. La WEB y lo que allí ocurre parece estar a la orden de múltiples experiencias y todas parecen servir para algo.

Por otro lado, la única mentira que es verdad es la que se produce en el escenario, de modo que esa idea, que no deja de tener su carga de tormento, unifica al hecho teatral con la experiencia WEB como ningún otro paralelismo existe dentro de la expresión artística.

Gracias a YouTube hace mucho tiempo que consumimos música en pantalla; gracias a complejas aplicaciones, hace mucho que podemos visitar los museos del mundo e incluso ver exposiciones en tiempo real. Las diversas plataformas de comunicaciones virtuales han sido usadas para conferencias, clases y encuentros entre creadores, desde hace un tiempo, e incluso la modalidad de castings online está en práctica mucho antes del inicio del confinamiento debido al brote de COVID 19. Lo único que nadie había propuesto era “hacer teatro on line”

Es decir, usar las herramientas comunicacionales que ofrece la tecnología para mudar el hecho teatral a esos dominios. Bastó que el aislamiento social fuera un hecho para que empezaran a plantearlo y, solo unos cuantos megabytes más tarde, el teatro virtual o como sea que se llame esa experiencia, estaba en el aire.

Conectarse a una red social o a una aplicación de intercambio de comunicaciones para que, en un contexto distinto al habitual (no hay escenografía, raramente el actor viste la parte, no existe iluminación dramática, en fin, es solo el actor y su dispositivo) se nos diga un texto pre elaborado con la intención dramática del caso, es la base de estas experiencias ya habituales en nuestra cotidianidad. Hasta ahora, todo lo visto tiene el mismo corte y no es demasiado distinto uno de otro. Generalmente, la calidad de lo visto va de la mano del actor y de la calidad de conexión a internet de la que logre disfrutarse.

Hasta ahora, y como toda expresión que apenas nace, el divertimento teatral on line, requiere empezar a incorporar elementos narrativos que ayuden a contar el cuento, su ausencia, por cierto, es una de las cosas que más se lamentan.

Paralelamente, otra manera on-line, irrumpe con casi idéntica fuerza y mejores dividendos: la transmisión por diferentes plataformas web de videos de obras de teatro; una práctica que existía antes de marzo, reservada para You Tube. El video obtenido en una función teatral era subido a una red social y desde allí, disfrutado por el espectador que deseara hacerlo. Eso, hasta marzo, se llamaba “ver el video de una obra de teatro” no se llamaba teatro virtual.

Juntas, las dos tendencias han sustituido, por ahora, la magia del teatro y, por supuesto, entusiastas admiradores y enconados detractores no han faltado.

Yo creo personalmente que no es teatro; pero aplaudo la incorporación de herramientas de ese tipo para enriquecer el teatro que se hará después de que todo esto pase. Pero, me niego a aceptar la comodidad de no volver al teatro.

No puedo ni empezar a suponer como puede ser un teatro sin el calor del público. Las redes sociales no son la vida real; de hecho, están lejísimos de la vida real. Las redes sociales son vitrinas de la felicidad y el bienestar y cuando mucho, púlpitos para la denuncia; de modo que no puedo imaginarme la gran tragedia de Medea contada por Instagram; peor aún, no quiero suponer que nuestro público se formará una idea de lo que es el teatro viéndolo por ZOOM.

Si eso ocurre, Judy Garland habrá sucumbido en una noche de estreno al poder de un sicotrópico muy poderoso que se expide sin receta; pero, desgraciadamente para los detractores y muy para suerte de los defensores, se habrá rubricado aquello de que el show
debe continuar, pues es posible que hayamos contrarrestado el sin sentido de un teatro cerrado, mudándonos a la pantalla de un dispositivo electrónico. Este doble discurso que supongo inaceptable para muchos, es tanto la redención como el envejecimiento repentino de nuestro arte y se hace necesario entenderlo cuanto antes.

Estamos ante una disyuntiva difícil de calibrar: o el futuro depende de un telón corrido y eso en ningún caso debe interpretarse como la maximización de algo a través de la multiplicidad de la experiencia cibernética o, esto es lo que debe ser: la implementación de una herramienta tecnológica como recurso novedoso para una puesta en escena y mas nada. Nos guardamos la quinta pata del gato.

No es justo que nos demos la licencia de ponerle otro nombre a lo que desde el principio del hombre se ha creído indestructible.