Conceptualmente, la neumonía se puede considerar como una inflamación del parénquima pulmonar provocada por la reproducción incontrolada de un agente infeccioso; partiendo de este principio una cantidad muy importante y diversa de bacterias,  al igual que muchos virus, hongos y hasta agentes parasitarios pueden producir una neumonía.

En la evolución natural de la neumonía el organismo genera una respuesta al proceso inflamatorio que está sucediendo en el microambiente pulmonar, desarrollándose fiebre, malestar general y síntomas propios respiratorios como tos (con o sin producción de esputo) y dificultad respiratoria, conocida en el argot médico como disnea.

La radiología de tórax constituye la piedra angular del diagnóstico, pues si bien los hallazgos clínicos obtenidos del interrogatorio y un cuidadoso examen físico orientan una presunción diagnóstica, es la radiografía la que permite establecer la existencia de infiltrados pulmonares (condición imprescindible), pero además de ello, reviste importancia capital para la evaluación de su extensión, sus complicaciones y el establecimiento de diagnósticos alternos.

Ahora bien, en este punto y una vez visto el panorama general de una neumonía, cabe la pregunta lógica: ¿Cuál es el agente infeccioso que la está condicionando?;  la respuesta a ello no siempre es sencilla. Como médicos siempre tomamos provecho del conocimiento científico acumulado que nos permite considerar la etiología más probable de acuerdo a factores como edad, zonas geográficas, lugar de adquisición (en la comunidad o dentro de un entorno hospitalario) y la presencia de enfermedades preexistentes, lo cual es una base sólida para iniciar un tratamiento empírico, pero (¡siempre hay un pero!), existen pacientes que escapan a estas generalizaciones en las cuales se establece algoritmo diagnóstico, unas veces corto y otras veces bastante extenso.

Dicho todo esto, la pregunta  que se formula todo lector de este artículo, que espera una respuesta: ¿Es posible en principio hacer una diferencia diagnóstica entre una neumonía viral por este germen emergente denominado SARS-CoV-2, causante de la pandemia COVID-19 con las neumonías bacterianas habituales? Mi honesta respuesta como neumonólogo es un NO. Por su puesto, es un NO condicional, desde el punto de vista de los signos y síntomas que experimenta el paciente, basándonos en los hallazgos de la exploración clínica y radiológica es bastante complejo hacer a priori una diferenciación; hagamos el ensayo: ambos pacientes (neumonía COVID-19 y neumonía bacteriana) tendrán tos, disnea y fiebre, sus hallazgos de laboratorio pondrán en evidencia una respuesta inflamatoria y sus radiologías de tórax mostrarán consolidación (excepto que existen algunas diferencias sutiles en cuanto a patrones y localizaciones, pero si algo hemos aprendido de COVID es que nada es patognomónico). Entonces ¿no hay salida?, sí la hay, protocolos internacionales han usado con éxito, un biomarcador llamado Procalcitonina que es probablemente la estrategia actual más asertiva, no solo para diferenciar entre ambas neumonías, sino para evaluar cuando a una neumonía COVID se le asocia una bacteriana.

En tiempos de pandemia todo es COVID-19 dicen los más estudiosos y la realidad nos obliga a pensar así; la prioridad es diagnosticar la infección por SARS-CoV-2 y toda neumonía concomitante, en cerca del 90% de los casos, será viral; la neumonía bacteriana no dejará de existir, pero el paradigma de atención médica, no cabe duda, ha cambiado.

Dra. Maryalejandra Mendoza de Sifontes

Médico Neumonólogo IAHULA/CEDEM

Profesor de la Facultad de Medicina ULA

Tips para la Comunidad

Es necesario que todos entendamos que la estrategia más importante y asertiva se llama PREVENCIÓN y es por ello que el énfasis social en el mundo se dirige en ese sentido; cuando nos enfermamos la medicina pasa a ser curativa y la tasa de éxito para sobreponerse a una enfermedad dependerá de muchos factores y el caso de COVID-19 no es la excepción. En esta pequeña nota quiero sugerirles desde el punto de vista profesional, cuándo solicitar atención médica: Debemos recordar que entre el 80-85% de los infectados por coronavirus tendrán un curso asintomático (seguramente no sabrán que están enfermos y el índice de sospecha será basado en los contactos de riesgo), o con síntomas catalogados como leves, similares a los de un resfriado común: secreción nasal fluida, dolor de garganta, tos, fiebre leve, diarrea y/o malestar general; nuevos hallazgos sugieren que también puede haber pérdida del gusto y olfato. De acuerdo a todas las guías internacionales (pero también al sentido común) estos síntomas pueden ser tratados en casa con reposo, buena hidratación y antipiréticos comunes (acetaminofén es el único indicado y respaldado por todas las sociedades médicas). Si sus síntomas persisten más allá de 4-5 días, o en cualquier momento empeoran asociándose fiebre persistente, dificultad para respirar,  dificultad para comer o decaimiento importante entonces, ¡NO LO DUDE!, busque asistencia médica en el sitio más cercano a su domicilio; de la misma manera si usted o la persona a su cargo es un adulto mayor o sufre de enfermedades respiratorias, cardiovasculares, oncológicas, diabetes u otras consideradas como de riesgo de complicaciones para COVID-19, le sugerimos que consulte con cualquiera de los síntomas leves mencionados.